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La fotografía, arte olvidado, como todo otro arte, despreciado e insultado, como todo otro arte, algo que recordar.
La fotografía, hija del dibujo, descendiente y heredera de su capacidad de guardar el polvo de este segundo antes de que se lo lleve el tiempo cual brisa de verano por siempre. Un pequeño empujoncito de la ciencia a aquellos que desconocen, pues todos somos capaces y la incapacidad no es, sino, una mísera palabra surgida del temor a la derrota, a la perdida, al fracaso; y que no saben cómo hablar si no.
Mirar atrás y ver tus pisadas, la fresca huella sobre e
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l barro recién formado. Porque todo es efímero, y cuánto más distante más efímero. Girar la cabeza para luego volverla a levantar ante el devenir, que a nadie espera, que por nadie llora, que ante nadie se rodilla.
Inmortalicemos, como se le suelen robar las palabras al poeta, este instante y todos los demás que lo siguen, tanto los que vemos como los que soñamos, tanto sonrisas como lágrimas, pues en el camino todo son piedras.
Nada de sonrisas al vernos sobre el escenario, nada de fingidos movimientos ante la cegadora luz del lienzo de hojalata. Una postal para la eternidad que no disfrace ni engañe, si no muestre y exhibe la realidad del mometo tal y cómo es, si quiere, el alma se desnudará ante ella.
Una foto, una imagen, mil palabras.