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Capítulo 6: El Castaño.

Desde la ventana Sara observaba la luna en el averno del firmamento que es su camino, con el rostro blanquecino, casi platino, de fino lino; el lirio de vidrio broche de la noche alumbrando el castaño del jardín a cuyo alrededor crecía jazmín, al Señor del Antaño, el castaño que en otoño ve traidor roedor al ruiseñor cantor. El castaño, de corteza arrugada arraigada en la edad, raído y enraizado, roído y enranciado. En recta loma reta a las rocas del manto palpitante, de ronco tronco roto por un rayo en él enterrado con canto tronante, dejándole un torrente de cicatrices perennes. Desazón de desolación, canción del corazón. Contempló entonces sus manos. Y en sus manos la grafía del tiempo, la caligrafía del mundo, el purpúreo frío aliento de su sentimiento y el helado legado del viento llegado desde Mileto.

Perdurará en el susurro de su murmuro como el beso en el verso, perdurará, preso e ileso, en el rezo.

— Querida, olvida el castaño.

— ¿Puedes tú dejar el antaño como el retoño de cualquier otoño?

— Yo sí. Susana no.

— Susana… la echo en falta.

— Yo también.

Capítulo 5: Silencio en el vacío.

No guardaba el temor ningún pudor al dibujarse en los rostros de aquellos que pronto, si no ya, se volverían los otros para sí mismos, mientras Susana, como un cuervo al lado de la campana portando el tramo de un ramo de olivo en su pico de apocalíptico cántico, les observaba.

— ¿De quién ha sido ese grito?

— Querido Ricardo, ¿no tienes recuerdo de la hoz de voz de con quienes yaces?

— ¿Dónde está Adrián? — Susurró si no murmuró.

— ¡Nuria!, patria de Adrián, paria cualquiera, ¿dolían, quizá, demasiado los gritos para no reconocerlos?

— ¡Ya basta Susana, nos estás asustando, ¿qué ha pasado?!

— ¿Susana?... yo no soy Susana.

Y entonces silencio.

— Veo que la noticia cae en ignorancia. Desconfía la conciencia de cuanto creía que conocía con ciencia, con experiencia, y es entonces cuando la filosofía hace su ciencia. Y en ese y este alrededor de terror es momento de conocer al dolor. — Más silencio en un mar ya lleno de vacío —. Habéis sido acusados, habéis sido juzgados y habéis sido condenados; queda ser castigados. Mas soy benevolente e indulgente, quizá por ello inocente. Os daré una última oportunidad de redimiros hacia la redención…

Interrumpió entonces una llamada a un teléfono que sonaba desde las paredes de la mansión.

— Marion, querida, la llamada debe ser atendida. Te dejo el resto, no sin cierto enojo ciertamente por perderme tanto… congojo. Vamos Sara.

Ambas se marcharon mientras los demás miraban a Marion interrogativos, incrédulos y asustados.

— Marion… ¿dónde está Adrián?

— Adrián está dónde debe estar, él ya ha conocido el Fuego Blanco.

— ¿Fuego Blanco?

— ¿De qué va todo esto?

— Susana os ha reunido aquí para vivir o morir, lo cual depende sólo de vosotros. En la mansión encontraréis algunas puertas abiertas y otras no; unas deben seguir así, otras no, y otras las dos cosas. El juego trata de saber cuáles son cuáles. No puedo decir más, pero os aconsejo que penséis en quien está a vuestro lado y en quién, hoy, no ha sido invitado. Quizá esos vengan otro día, quién sabe. Eso depende de Susana. No os molestéis en tratar de volver por donde habéis venido. Y recordad que estas paredes son el hogar del Fuego Blanco. Tenéis hasta la medianoche.

Dicho lo dicho, se marchó.

Capítulo 4: Nuria

La gente hablaba, la música sonaba y las latas de cerveza hacían su característico ruido al abrirse. Mientras tanto, Nuria intentaba hablar con Marion y con Sara, las “desconocidas” del fin de semana. Siempre me había gustado conocer gente nueva y rara vez había tenido vergüenza para hablar sobre cualquier cosa, hoy, lógicamente, no iba a ser diferente.

Tanto Sara como Marion conocían a Susana del año que ésta paso de Erasmus en Hamburgo. Marion era un poco tímida, y cada vez que le preguntaba algo dudaba al contestar y después arrancaba la respuesta, como si tratase de arrancar un coche viejo que pedía el retiro. No me quedo muy claro si era por el idioma, que no acababa de dominar o porque sencillamente es cortada y le abrumaba que le preguntaran tantas cosas. Por otro lado, Sara parecía mucho más dada a la conversación, además siempre estaba sonriendo y eso es algo que me gusta en la gente.

Tras hablar un rato decidimos ir a dar un paseo por la zona exterior de la mansión. Me giré al resto de la gente para ver si alguien se apuntaba al paseo, pero tras mirarlos deduje que no merecía la pena: Adrián, Juanjo, Roberto y Jose Luis tomaban cervezas y hablaban seguramente de juergas pasadas y de espantosas resacas. Le sorprendía ver a Adrían tan metido en ese tipo de conversaciones cuando sabía que él no disfrutaba de la misma manera de la noche que los otros tres. Recordaba haberle preguntado una vez sobre ello a lo que Adrián respondió con un bufido y un “Hay tiempo para todo”.

Ricardo y Pedro hablaban de manera mucho más discreta y tranquila con Raquel y María, que iban eligiendo las canciones que iban sonando en el ordenador de Raquel. Me hacía gracia ver la tranquilidad de Ricardo, era un tipo tan correcto que le daba un aspecto incluso cómico. Hacía buena pareja cómica con Pedro.

De Susana no había ni rastro. Habría ido a por algún producto de lujo de su padre, como por ejemplo un vino de concurso o algo por el estilo.

En fin, -pensé- vámonos de aquí. Les dije a Sara y a Marion que saliésemos por la puerta principal, bajando las escaleras dentro de la casa y no por las escaleras de la terraza, por dónde habían entrado.

Una vez llegamos a la puerta, me di cuenta de que era realmente enorme, digna de una mansión, o de un castillo encantado de esas películas y libros de aventuras que a ella tanto le gustaban. Se quedo tan embobada mirándola que Marion la adelantó y se dispuso a abrir la puerta.

- Uffff, no puedo abrir- Dijo con su gracioso acento y una cara descompuesta por el acento.

- Igual está cerrada por que es muy vieja o algo y por eso Susana nos ha hecho entrar por la de la terraza- Dijo Sara tras varios intentos fallidos de abrir la puert…

Antes de acabar la frase un tremendo estruendo se apoderó de la casa, seguido de un grito de dolor. Sin pensarlo, dejé atrás a Sara y Marion y me dirigí hacia la sala donde estaban todos.

Capítulo III: Un mal presentimiento.

Soy consciente de mi fama de gracioso. Es cierto que siempre tengo una sonrisa en la cara, además me gusta transmitirle felicidad a la gente y que piensen que siempre estoy bien. La verdad es que me gusta realizar bromas y soy una persona irónica, pero no suelo ir con maldad. Pero la realidad es bastante distinta. Dentro de mí hay un mundo que nadie conoce. No soy esa persona risueña, alegre, que todos creen conocer. En el coche, con María, Ricardo y Raquel me lo he pasado bastante bien, la verdad. Quiero decir, no fingía que todo estaba bien y hacía bromas, sino que de verdad me sentía así. Desconozco la razón, pero últimamente estoy de bastante buen humor. Creo que ayuda la perspectiva de pasar un fin de semana rodeado gente que me cae bien, sin preocupaciones y lleno de buenos momentos. Ojalá la vida fuera siempre así. Sin embargo, soy consciente de que cuando acaben estos días, volveré a la cruda realidad, a esos momentos de completa soledad y nadie verá esa otra parte de mí. No importa, de momento voy a intentar pasarlo bien sin pensar en nada.

Mientras reflexionaba todo esto, me acerqué a Ricardo. Siempre me he llevado muy bien con él, pese a que en apariencia seamos tan distintos que la gente piensa que no podemos tener nada en común. Se había pasado el viaje observando por la ventana, completamente inmerso en sus pensamientos, como de costumbre.

- ¿Cómo va todo?

Se le veía totalmente distraído. Sacudió la cabeza y contestó:

- Mira a Susana.

La miré, sin comprender. Este chico, siempre de pocas palabras. Levanté una ceja en señal de interrogación.

- ¿No la notas distinta? Cuando hemos llegado, estaba dentro de casa y ha tardado un buen rato en salir, y ahora la veo muy extraña. No se comporta como siempre.

La verdad es que no entendía nada, ni observaba ningún cambio en Susana. Sin embargo, enseguida supe que Ricardo tenía razón. Es muy observador y también la persona más intuitiva que he conocido nunca. No sé cómo lo hace, pero siempre tiene razón. Desde ese instante, miré a Susana con otros ojos, intentando ver lo mismo que Ricardo. Poco a poco, me di cuenta del cambio. En los ojos de Susana había una chispa de algo anormal, de algo que no era propio de ella, que no era natural. Intentaba hablar con todos y reír, pero, bajo esa capa de aparente normalidad, había algo que no encajaba. De repente tuve un mal presentimiento. Busqué a Ricardo con la mirada, y por la forma en que me miró supe que él estaba pensando lo mismo que yo. Suspiré. Quizás la cosa no iba tan bien como parecía hasta ahora…

Un escalofrío me sacudió de arriba abajo.

El resto seguía conversando tranquilamente, de forma que quedaban ocultos los ojos de Susana, bajo esa capa de falsa normalidad. Las chicas ya habían hecho su propio grupillo y estaban debatiendo entre ellas sobre si Adri y Nuria estaban liados o no. Me supo algo mal, ya que fui yo quien dijo eso por primera vez. La verdad es que no sabía si tenían algo o no, pero tampoco me importaba, eran mis amigos y mientras ellos fueran felices, me daba igual. Roberto, Jose Luis y Juanjo, siempre inseparables, estaban un poco más alejados, tal vez planeando alguna trastada de las suyas. Nada, que por mucho que intentara desviar mi atención pensando en otras cosas, en realidad no lograba distraerme y dejar de observar a Susana. El mal presentimiento no se iba. Dudé si lanzarme a la cerveza a ver si me despejaba la cabeza, si hablar con Ricardo aparte, o incluso pensé en salir huyendo. Decidí no preocuparme demasiado, al menos en apariencia, ni quitarle el ojo de encima a Susana. Simplemente esperaría. Las miradas de Ricardo y la mía se volvieron a cruzar y supe que él iba a hacer exactamente lo mismo. Bien, a ver lo que deparaba el día…

Capítulo 2: Susana.

Entrad, entrad y dejad la confianza a fianza por la esperanza, os traigo mescolanza de certeza y crudeza, la terneza de la tristeza. Entrad, entrad y ved volverse en penumbra la oscuridad y en mentira la lealtad. Entrad, entrad y ver la realidad obviedad en la mendicidad de la mendacidad. Entrad, entrad y disfrutad del Fuego Blanco, de su satírico juego sádico, volved a las espadas, sombras y conjuras. Centenarios inocentes, inconscientes comediantes, imprudentes caminantes de los cementerios, anhelad la libertad de la felicidad sin complicidad ni soledad, la libertad de una felicidad en eternidad con la realidad. ¿Hallaréis la solución de redención cuando doble la campana?

— ¡Susana! ¡Susana!

¿Susana?, ¿la anciana?, cayó en el cementerio en un día demasiado tardío. Es ya un recuerdo roto a mostrar ante el rostro del resto para que sigan el rastro. Es ceniza en danza.

Vuelva, pues, a la vida hoy.

— ¡Ya voy!

Humo sois y humo os veréis.

Capítulo 1: La llegada

Las hileras de árboles se sucedían unas tras otras mientras avanzábamos con mi viejo coche rojo. No sabía bien si se trataban de pinos, eucaliptos, robles o madroños. Nunca me han interesado las plantas ni los árboles. A mi lado, Nuria daba golpecitos con los pies contra el suelo, lo sabía tan bien como yo. 3, 2, 1…

- Adrián… ¿Nos hemos perdido verdad?

- Mmmmmmm, no lo sé, igual no- dije con más indiferencia que esperanza.

- Me miró con una media sonrisa y me dijo- ¿Qué dirán todos cuando vean que el puntualísimo Adrián llega tarde?

- Bueno, todos saben que iba a ir a recogerte, así que no creo que a nadie le sorprenda- contesté con un tono jocoso- Pero bueno, así no espero aunque sea sólo por una vez- Dije mintiéndome a mí mismo, pues siempre me había gustado ver como la gente iba llegando y ver con que ánimos aparecían.

- Claro que sí, si es que te hago vivir nuevas experiencias.

- Me vale con irme un fin de semana a una mega-casa en mitad de la sierra a pasarlo bien con mis amigos.

- Ya pensaba yo que iba a ser demasiado para ti dos cosas a la vez… Pero bueno, tomate esto como un entrante al fin de semana.

- Seguro.- Dije sin demasiado convencimiento, no sabía bien por qué pero el viaje se me estaba haciendo largo, me encantaba hablar con Nuria pero había madrugado y estaba un poco cansado. Además el tener que llegar y ver a Roberto con varias cervezas esperándome me daba un poco de pereza, no me apetecía beber ahora mismo.

Pese a no saber muy bien donde estábamos, habíamos tenido suerte, pues vimos el coche de Pedro girando una rotonda. Éste nos pegó un pitido y nos hizo un gesto con la mano para que le siguiéramos, lógicamente, no dudamos.

- ¡Ahí está Pedro, seguro que él sabe llegar!- Dijo Nuria.

Asentí.

En el coche de Pedro, se podía ver también a María, Ricardo y Raquel, que nos saludaron con las manos.

María y Raquel lucían su sonrisa típica pre-cotilleo y apuesto el brazo que hablarán de si Nuria y yo tenemos un lio o no y cosas por el estilo. A mí, la verdad, tanto me daba lo que dijeran. Ricardo por el contrario, miraba a través de la ventana, haciendo patente que le interesaba tanto el tema como a mí. Desde luego, Ricardo siempre había sido un tipo de lo más discreto al que no le atrae la idea de meterse en asuntos ajenos, muy buen tipo sin duda.

Al volante, Pedro sonreía mientras soltaba comentarios que hacían reír a las dos chicas. Es necesaria una persona que de ese toquecito de humor en todo grupo, hasta en los entierros. Y en nuestro grupete de amigos, Pedro sería el que va de amarillo a los entierros.

Tras unos quince minutos de travesía llegamos a la casa de Susana. Nunca había estado antes, y la verdad, me quede asombrado. Aquello parecía una mansión. Tenía una especie de jardín exterior con unos campos de naranjos y olivos. No sé si era de una, varias o media hectárea pero era lo suficientemente grande como para que unos niños lo pasasen de miedo jugando por ahí al escondite. Al acabar los campos se alzaba la casa. Ésta tenía una puerta principal y unas escaleras, a ambos lados de dicha puerta que subían hacia una especia de terraza que había en la primera planta. Era toda de color blanco, y pese a que era imposible que esa casa fuese nueva, por la zona de la sierra en la que estaba y el estado de la valla que anunciaba que entrabas en propiedad privada, la casa se conservaba perfectamente, seguramente a causa de una o varias reformas.

Aparcamos en un parking habilitado seguramente para la ocasión que quedaba a la izquierda de la casa. Digo habilitado para la ocasión por qué era evidente que al menos, un tiempo atrás, en esa parte de la propiedad había habido un granero o algo por el estilo, ya que todavía quedaban por ahí esparcidas maderas, tejas y vigas pertenecientes a la antigua construcción.

Nuria no dejaba de soltar comentarios de asombro acerca de la casa, estaba claramente sorprendida con el dinero que manejaba la familia de Susana, desde luego no era para menos.

Bajamos todos de los coches y, efectivamente vimos el resto de coches ya aparcados junto a los nuestros, éramos los últimos. Entre los seis cogimos todas las cosas que habíamos llevado para pasar el fin de. En su mayoría comida y alcohol. Al llegar a la puerta principal oímos la inconfundible voz ronnca de Roberto desde la terraza que quedaba subiendo las escaleras.

- ¡Hombre! ¿Ya era hora no?-Dijo gritando.

Lógicamente, junto con él se asomaron José Luis y Juanjo. Estos tres siempre van juntos, y como ya había predicho los tres tenían un pack de cervezas en una de sus manos. Típicos pedofas cierra bares. Gente divertida a la que acabas conociendo porque coincides con ellos cada vez que vas al bar típico de la universidad. Sólo que estos siguen aquí años después de haber terminado la carrera.

Además de estos tres, en la terraza había dos chicas a las que no había visto en la vida, y sinceramente me extrañaba que cualquiera de los miembros del festivo trío hubiese “malgastado” un fin de semana de desfase chaletero trayendo a una chica que había conocido tras la última juerga. Tras mi mirada de desconcierto, Juanjo no tardo en dar explicaciones:

- Estas dos chicas son Sara y Marion, son amigas de Susana de la infancia. Marion es francesa. Ya sabes lo internacional que es Susana que enseguida hace coleguitas por ahí.

Acto seguido me presente y les di la mano, nunca me han gustado los besos ni los abrazos. Me parecen forzados en según qué momentos.

- ¿Y Susana?- Pregunté

- Nada más llegar se metió en la casa para organizar algunas cosas, dijo que no entrásemos hasta que huvieramos llegado todos.- Me contestó Sara.

- De todas maneras ya estamos todos aquí, además tengo gusa y mis cervezas están calentorras así que necesito cambiarlas. ¿Tiramos para adentro?

- Go!-Grito energéticamente Nuria.

Efectivamente todos nos dispusimos a bajar ordenadamente por las escaleras y entrar a la casa. El fin de semana había empezado oficialmente.

Capítulo V: Fría indiferencia

Anonadado. Patidifuso. Dolido. Exhausto. Helado. Todos esos y mil adjetivos más me definían perfectamente en aquél momento. La traición duele. Siempre. Por mucho que te la esperes. Y sobre todo si no te la esperas. Más todavía si encima viene de alguien cercano a ti. Pero así es la vida. A base de golpes uno se hace fuerte. Bueno, más que fuerte diría que duro. Incluso insensible. Indiferente. En aquél momento me di cuenta de que ya nada tenía importancia ni valor para mí. Más que golpes, yo había recibido balazos, y nunca mejor dicho. Pero aquél había sido el superlativo, por encima de todos los anteriores. Cuando piensas que nada te puede sorprender y que nada puede ser peor, ahí llega algo que te demuestra lo equivocado que estás. Ya no confiaba en nadie. Ni siquiera en padre. De hecho, en él menos que en nadie. Sabía que era un tipo duro, demasiado. Y entendía su punto de vista. Pero se había pasado.

Bueno, al menos había averiguado por qué falló Aurora al disparar. Esa pregunta me había estado carcomiendo las entrañas durante mucho tiempo, demasiado. Lo de Darmody lo suponía ya. Ese cabrón siempre estaba al acecho, como un ave de rapiña, sin dejar escapar la mínima oportunidad para aprovecharse de las situaciones y desgracias ajenas. Ahora tenía que poner mis pensamientos en orden y aclarar mis sentimientos. Sobretodo antes de ver a Malone y Aurora. Pero eso ya no era posible. Ya era tarde. Sabía que me estaban esperando y que no podía permanecer así eternamente.

Una imagen pasó rápidamente por mi mente. Fugaz, como una estrella: Malone. Yo. Un disparo entre ceja y ceja. Otro en la sien. Fin. Me pregunté si sería capaz, si de verdad tendría esa sangre fría. Sabía que si estaba Aurora, la respuesta sería no. Era ridículo. Todavía me temblaban las rodillas cada vez que la recordaba. Y la bala. Dichosa bala. A veces deseaba que no hubiera fallado. Incluso ahora, que sabía que había fallado adrede, siguiendo órdenes. Durante un pequeño instante, deseé dispararle a ella también. Pero sabía que no lo haría. Odiaba esa sensación. Un tipo duro, como se suponía que era yo, no debería andarse con chiquitas. Como padre. Él sí que nunca flaqueaba, ni un segundo. Pero yo era distinto. Por mucho que intentara ocultarlo.

Finalmente llegué abajo. Consulté mi reloj de pulsera. Sorprendentemente, solo habían pasado 3 minutos desde la conversación de padre. Los pensamientos eran más rápidos que yo. Sin vacilar, monté en el coche. Aurora estaba en el asiento trasero, lo que significaba que me cedía el puesto de copiloto. Malone, como no podía ser de otra forma, iba al volante. Pensé que eso me facilitaría las cosas a la hora de pegarle un tiro en la sien. Quizás en algún semáforo, donde ni mi vida ni, sobre todo, la de Aurora corrieran peligro. Sabía que ella no gritaría. Permanecería impasible, como siempre.

Sin dirigirnos la palabra, arrancamos. Al siguiente cruce, viramos a la izquierda, luego a la derecha, después de nuevo a la izquierda. Y así sucesivamente, siguiendo un camino que conocía de memoria. Me di cuenta de que ya ni siquiera deseaba la muerte de Malone. Ni de Darmudy. Ni la venganza. Tampoco hablar con Aurora.

Finalmente llegamos. Al bajar del coche, rápidamente y sin dudar un solo instante, disparé a las ruedas del coche y volé el espejo retrovisor. Otro disparo más y todo se llenó de cristales. Acto seguido, sin esperar su reacción, entré en el portal, en busca del dichoso Darmody. Le había reservado la última bala. Sabía que esta vez el pulso no me temblaría ni fallaría. Directo al centro de la frente. Y así lo hice. Eché la puerta abajo de una sola patada y allí estaba el cabrón. Esperé medio segundo, el suficiente para que supiese que era yo y mi imagen fuese la última que viese, y disparé. Me di media vuelta, pasé entre Aurora y Malone y me marché de allí. Ni siquiera sé si me miraron, ni qué dijeron, si es que dijeron algo. Ni quería saberlo. Había llegado la hora de actuar.

Sin pausa pero sin prisa, con las manos en los bolsillos y reflexionando sobre mi próximo paso, abandoné la escena del crimen. Ajuste de cuentas, más bien. Aquél cabrón se lo merecía.

Capítulo IV: Mahoney.

Padre estaba sentado junto a la ventana, en un sillón de cuero verde oscuro, mirando la nada entre sus cortinas mientras observaba en ella su propio reflejo. Un vaso de whisky sostenido en su diestra veía como se derretían dos piezas de hielo y un puro entre sus rojos labios gordos ahumaba gruesos hilos plateados. Estaba solo. Le enfoqué con el cañón del revólver apuntando a su boca oculta entre una barba áspera y ruda.

—No creo que quieras hacer eso. —dijo.

—Soy capaz.

—Eso no lo dudo. Dudo de que quieras hacerlo. Vamos siéntate, te estaba esperando — vacilé —. Si te quisiera muerto ya lo estarías.

Tenía razón. Podía haberme matado cuando hubiese querido, en cualquier instante. Malone podía haberme metido una bala entre ceja y ceja sin ningún problema. La situación me sobrepasaba de nuevo y él volvía a tener el control. Me senté lentamente en el otro sillón de cuerdo verde oscuro, sin dirigirle la mirada mientras él la clavaba en mí, como a un niño, aún empuñando el revólver, manteniendo las distancias pero sin apuntar a ningún lugar.

—Tengo un trabajo para ti, el último.

—Ya no trabaja para ti.

Dejó recostado el puro entre sus dedos mientras bebía de un trago lo que quedaba de whisky. Luego dejó el vaso vacío sobre la mesita de su izquierda.

—Al parecer Aurora hizo muy bien su trabajo. ¿Sabes por qué falló aquel disparo?

—Me lo pregunto todos los días.

—Yo se lo ordené. Estaba al tanto de vuestro plan. De hecho, fui yo quién lo planeó.

—¿De qué estás hablando?

Sonó el teléfono.

—Sí, ya podéis venir. Os estará esperando.

—¡No me ignores, ¿de qué estás hablando?! —grité mientras colgaba.

—Hijo mío, pronto tendrás que legarme, yo ya soy demasiado viejo. En nuestro oficio, en la calle, lo más importante son las apariencias. Tú eras demasiado ingenuo, demasiado niño para llevar el nombre de Mahoney y comprender lo que significa. En nuestra familia, las traiciones se sientan en la mesa todos los días. Debías hacer una y sufrir otra para poder sentarte a su cabeza. Extorsionar, robar, disparar, asesinar… simples tonterías. La traición es la que hace al hombre.

—¿Me estás diciendo que me engañasteis todo el tiempo? ¡¿Los dos?! ¿Qué me dejaste…

—Soy tu padre —interrumpió—, recuerda. Como padre debo proteger a mi hijo, a cualquier precio. Sobre todo, como te he dicho, en nuestra familia, y en nuestros tiempos.

Ambos nos quedamos observando nuestro propio reflejo dibujado en nuestro iris.

—Darmody está en casa de Aurora, el muy imbécil cree que es su amante. Sabía que con la traición de mi hijo Darmody se animaría para salir fuera de su sucia cloaca y tratar de hacerse con tu legado. Ha estado detrás de nuestro apellido desde que llegó, pero ya ha dejado de ser productivo. Le di todo lo que pedía y me aparte para no asustarle, incluso a Aurora, quién se quedó con él para controlarle mejor.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo sé que no me engañas de nuevo?

—La verdad no la sabes, ni podrás saberla aunque esté delante de ti. Sólo puedes querer que sea ella, o no quererla, y confiar en eso. Cómo querías a Aurora. —Silencio—. Y ahora levántate, Malone y Aurora te esperan.

El Cuco marcó en el reloj el fin de la hora.

Capítulo III: Escaleras

Planta Baja

Mientras subía las escaleras de aquel maldito y mugriento edificio de camino al séptimo y último piso, la imagen de Aurora no se me salía de la cabeza. Estaba claro: Esa sucia rata me la había jugado. Se apuntó a mi plan cuándo vio una buena oportunidad, y cuándo se percató de que la cosa no había resultado como esperaba, se volvió de nuevo del lado de Mahoney e intentó liquidarme en un intento de salvar su pellejo.

Primera planta

Cada paso que me acercaba cada vez más a mi destino era más costoso de dar, fuera lo que fuera lo que había detrás de esa puerta estaba seguro de que no sería nada que me fuese a gustar. En el papel ponía que sencillamente tenía que recordar a uno de los clientes de Mahoney que el dinero que se presta se devuelve y con intereses.

Segunda Planta

Era un trabajo demasiado rutinario para encargarme después de la sobrada que me he pegado con el jefe. Ese trabajo olía a chamusquina desde el primer momento, y más después de la conversación que acababa de tener con Darmody por teléfono.

Tercera Planta

Sin embargo, yo había llamado a Aurora, ¿Significa eso que su intento de desentenderse con el asunto no había funcionado y le habían volado la tapa de los sesos, o por el contrario estaba ahí con Darmody riéndose de mi tembloroso silencio al otro lado de la línea? Fuera como fuera, había sabido jugar sus cartas. El resto corre a juicio de Mahoney.

Cuarta Planta

Y si planean joderme, ¿por qué cojones no lo han hecho ya? Quiero decir, ¿para qué mandar a Malone a que se ande con jueguecitos de vente aquí o allá? ¿Acaso es esto una película y tiene que ser todo espectacular? Odio la elegancia y el heroísmo que se autoatribuyen algunos “gangsters “, los sermones preliqudación, los gestos con las manos y los serenos tragos de whisky antes de las amenazas. Se creen que son el jodido Tony Montana, y ese tipo no es más que un personaje ficticio.

Quinta planta

Estoy harto, o desquiciado, o las dos a la vez. Por un lado, quiero acabar con toda la angustia que me provoca esta situación, sé que esto acabará en el séptimo. Sin embargo, y por el otro lado, sé que el final es precisamente lo que no quiero, lo cuál me hace parecer un flan con piernas ahora mismo, lo que me hace saborear estas escaleras como si fuesen las últimas que pisase y a la vez que me haga platearme que quizás hubiese sido mucho mejor coger el maldito ascensor.

Sexta Planta

Sienta lo que sienta y este como este, ya estoy casi. Me ajusto el húmedo sombrero, miro el suelo y aprieto mi revólver con fuerza en el bolsillo. Resoplo y subo con paso firme, sólo dos escalones para el séptimo.

Capítulo II: La Hora.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza. Una elegante señora pasó por mi lado, arrebujándose en su abrigo y dejando tras de sí un olor a perfume que me recordó a Aurora. En la atmósfera se respiraba melancolía, mezclada con algún otro aroma que no supe discernir.

Sabía que ellos me estaban esperando, pero sentí la necesidad de llamar a Aurora. Pese a que se había marchado sin dejar más rastro que la fallida bala, en lo más profundo de mí tenía la esperanza de poder seguir contando con ella. Sólo ella sabía qué hacer en las situaciones más difíciles, cuando a mí me temblaban las rodillas. Maldita sea, tal y cómo me estaba sucediendo ahora. Pero tenía la orden, era la oportunidad ideal para dejar a un lado todo lo demás y centrarme única y exclusivamente en ello. Pero no podía.

Me decidí. Me dirigí a la cabina de teléfonos más cercana, y me dispuse a marcar su número, que todavía tenía grabado en la memoria, con la esperanza de que todavía lo conservara, y también con el temor de que no fuera así. Precisamente en ese momento, como si el destino hubiera leído mis pensamientos y temores y hubiera decidido intervenir, alguien descolgó. Una voz áspera y seca que conocía muy bien. Esperé en silencio.

- Ya sabes quién soy, ¿verdad?

No contesté.

- Vamos, sé que estás ahí. ¿A qué esperas? Ella no volverá. Ya no está para intervenir. Haz lo que debas hacer.

La rabia comenzó a invadirme, pero continué sin responder.

- Siempre igual. No cambiarás. Sabes que algún día volveremos a encontrarnos, y no estarás preparado si no te dignas a olvidar tu pasado, enfrentándote al presente.

La frialdad que rezumaba su voz me heló la sangre, mientras mi rabia se acrecentaba.

- Bien, tú sabrás. Ya te he advertido. No puedes posponer esto eternamente. Eres un cobarde.

Cortó la comunicación. Me di cuenta de que continuaba mirando la luz de la habitación, mientras la lluvia me empapaba más y más. Decidí que él tenía razón. Era la hora. Limpié el agua del sombrero, lo revestí y subí las escaleras.

Capítulo I: Aurora.

Cenizas en danza y la esperanza en carnaza con una mirada de terneza macabra, nada más dejó Aurora, aparte de una bala en el hombro. Aún no sé cómo pudo fallar a esa distancia, no sé siquiera por qué falló. Ella era la mejor espía con la que había trabajado, hasta entonces. Ahora Aurora me daba hora para disparar.

Me vestía el sombrero cuando oí a Malone derrapar sobre el asfalto mojado. No me molesté en despedirme de Clarisse, cuando nos casamos le advertí del futuro. Entre la parroquia vecinal no se hacen cosas como esas y al cerrar la puerta todo quedó dicho.

Para gente como yo era la peor hora posible, y solemos esperarla todos los días con la calma de la tristeza y la ansiedad del deseo. Sin demasiada prisa me acerqué a Malone.

— Llegas tarde.

— Ya lo sé, ya lo sé. Toma, ahí están las órdenes. ¿Necesitas algo más?

— Sólo la orden.

— Esto te viene grande. Déjaselo a otro, lo comprenderán. Yo mismo lo haré.

— Hasta la próxima Malone.

Me entregó el sobre con la dirección apuntada en letra clara con tinta azul algo corrida por la lluvia y se fue en la dirección contraria mientras yo guardaba la carta en el bolsillo interior izquierdo de la gabardina.

Desgraciado Malone, ella es mía, mía, solamente mía. ¿Qué iba a hacer contra ella? No tiene ninguna posibilidad, no tiene nada que hacer allí. Yo ahora tengo una orden, ni sentidos ni razones ni causas ni sentimientos, una orden, es lo único que necesito, una orden que ya es mía.

Me paré en la esquina de la Décima con la Octava, junto a la farola, con la cabeza levantada veía la luz que salía de la habitación mientras la lluvia se colaba por debajo del sombrero. Ellos estaban esperándome, Malone había hecho su trabajo, Clarisse dormía, y yo tenía que llamar a Aurora.

Me pregunté… me pregunté en qué estaría pensando.